El nacimiento de la revista de moda

Primera portada de la revista Harper's Bazar.
Noviembre de 1867.



Ya a finales del siglo XIX, cuando Toulouse-Lautrec elevó el cartelismo a la categoría de arte, el diseño gráfico y la ilustración se convierten en el medio predilecto de la creciente publicidad.  Es, a partir de la obra de artistas como Jules Cheret, Lautrec  o Mucha, cuando el artista, por primera vez, se digna a mirar hacia un género que hasta no hacía mucho había sido considerado un género menor. Es ahora, entrando en el nuevo siglo, cuando el cartel y, por ende el diseño gráfico, donde se incluyen las portadas de revistas, se emergen como un género artístico de primer orden.  
Dentro de este auge del diseño gráfico como instrumento de comunicación publicitaria, tendrá especial importancia el desarrollo de la revista de moda. La aparición de la primera revista de moda en Estados Unidos, la Harper’s Bazaar en 1867, se convirtió en el inicio de una serie de revistas de moda que tendrían su mayor impulso al comenzar el siglo XX, con nombres tan conocidos ya por nosotros como Vogue o Vanity Fair. La revista se convertirá en el mejor instrumento de unión de arte y moda, pues fueron muchos los artistas de gran calidad que se encargaron de ilustrar sus portadas.

Portada de la revista Vogue. Septiembre de 1900.
La revista Vogue, que a día de hoy se mantiene a la cabeza de la publicidad de moda, se convirtió en el mejor escaparate para la difusión de estéticas como el Art Déco. Dicha revista se funda en Estados Unidos en diciembre 1892 como un seminario de moda, dirigido por las mujeres de clase alta. La editorial de revistas Condé Nast la compró en 1909 y a partir del año siguiente comenzó a publicarse de manera mensual. La revista, en sus orígenes, se dirige a un público de élite y de alto poder adquisitivo, buscando un tipo de lector joven, urbano y culto. En 1916 se suma, a la edición americana, una edición británica, a la que siguieron las ediciones francesa, australiana, española (en 1918) y alemana. La modernización de Vogue no llegaría hasta 1928, cuando Condé Nast se traslada a Europa en busca de un nuevo director de arte que llevara a la revista a convertirse de una publicación anticuada para la clase alta a una revista moderna dirigida a la clase media y al gran público.
Portada de la revista Vanity Fair. Junio de 1914.


Un caso similar es el de la también prestigiosa revista de moda Vanity Fair, publicación inglesa fundada en 1868 por Thomas Gibson Bowles. De carácter semanal, ofrecía artículos sobre las tendencias victorianas y, más adelante, eduardianas. Finalmente, Condé-Nast compró la revista en 1914, aunque no alcanzaría su máxima popularidad hasta la década de 1920, sobre todo a partir de 1925 bajo la dirección del editor Frank Crowninshield. 

El auge de la revista de moda se dará en la década de 1920 para consolidarse en la siguiente. Se convirtió en uno de los principales signos identificativo de la sociedad de entreguerras, y sus portadas pasaron a ser un reflejo los movimientos artísticos de vanguardia. Es en este contexto donde se enmarca la obra de Eduardo García Benito, un español que realizó alguna de las portadas más famosas para Vogue en estilo Art Dèco,  y cuya obra analizaremos en un posterior artículo.



Qué mejor que finalizar con una lista de algunas de las portadas más bellas que se hicieron para Vogue: 


Septiembre de 1920.

Enero de 1926.

Abril de 1927.
Agosto de 1930.

Bibliografía: 

MARTÍN NEIRA, Jorge: “El Cartel. Entre el Arte y la Publicidad”, Álbum Letras-Artes, Nº 29, 1985, pp. 18-20.

CHECA GODOY, Antonio: Historia de la publicidad. La Coruña: Editorial Netbiblo, 2007, p.89. 

O’HARA CALLAN, Georgina: Diccionario de la moda y de los diseñadores. Barcelona: Ediciones Destino, S.A., 1999, p. 254.

SOUGEZ, Marie-Loup (coord.).. [et al] : Hstoria General de la Fotografía. Madrid: Ediciones Cátedra, 2009, p. 470. 




Grecia y Roma en la moda del siglo XX


Sonia, la modelo más querida de Vionnet, fotografiada
por George Hoyningen-Huene con uno de sus diseños.
Fueron muchos los grandes creadores del siglo XX que, para diseñar sus piezas, se inspiraron en épocas y estilos del pasado. Como no podía ser de otra manera, el mundo clásico de Grecia y Roma no pasó desapercibido para ellos. Veremos, de este modo, numerosas prendas contemporáneas de alta costura marcadas por esos drapeados de telas ligeras que tanto caracterizaron a la mujer de la Antigüedad Clásica.

Si bien ya habíamos visto una vuelta al clasicismo en diseñadores anteriores como el español Fortuny, en quien profundizaremos en una futura entrada, será a partir de la década de 1930, después de algunos ensayos en los años de 1920, cuando se convierta en un fenómeno digno de ser recogido dentro de la historia de la moda del siglo XX


Traje de noche, Madeleine
Vionnet,1935.
 La francesa Madeleine Vionnet será la encargada de iniciar este resurgimiento al tratar al cuerpo femenino como si de una figura escultórica se tratase. Para conseguirlo, se valió del drapeado, del corte al bies (en diagonal) y del uso de finos y fluidos tejidos como el crepé de seda. El famoso diseñador y fotógrafo Cecil Beaton diría de ella: “Creó vestidos griegos de un modo que los griegos jamás habrían imaginado. No había nada de arcaico en sus líneas. Todo cuanto Vionnet creaba se ceñía o caía de forma natural, y las mujeres vestidas por ella parecían esculturas en movimiento.
Diseños de Madame Grès de la década de 1960.
La revolución de Vionnet llegaría a su máximo esplendor bajo las manos de la parisina Madame Grès, en quien sin duda tendría un peso fundamental su formación inicial como escultora. Conocía bien los drapeados de las esculturas griegas y éstos los traslada a su obra creando lo que se ha venido a llamar en la terminología específica como Grès drapé. A través de materiales como el punto de seda o de lana fue creando pliegues que se sujetaban mediante cinturones o cintas, creando así cuerpos modelados por la tela como si de una estatua griega se tratase. A pesar de esta evocación de lo clásico, Grès proponía diseños modernos y a la vez cómodos para el cuerpo femenino, dotándolos de una intemporalidad gracias a la cual grandes diseñadores posteriores de la talla de Yves Saint Laurent se inspiraron en su obra.
Athena Pacifique, mármol romano de un
original griego del siglo IV a.C.. Museo del
Louvre. Claro ejemplo de drapeado griego
.

Esta fuerte tendencia hacia el clasicismo se mantiene con fuerza durante la década de 1940, con diseños tan elaborados como los de la diseñadora estadounidense de origen húngaro Eta Hentz, famosa por su colección de temática griega de 1943. En su diseño de la imagen vemos una adaptación a caballo entre la clámide griega y la palla romana, con unos bordes decorativos que recuerdan a los que se pueden ver en los ropajes femeninos que aparecen en las vasijas áticas.

Izquierda: Traje de noche, Eta Hentz, 1944. Derecha:
Fragmento de cerámica griega donde se puede apreciar
la banda decorativa en la parte inferior de la prenda.
Durante la segunda mitad del siglo esta corriente clasicista decae a favor de las nuevas propuestas, pero nunca se verá relegada al olvido absoluto. Son muchos los diseñadores contemporáneos que han seguido bebiendo del mundo clásico para crear sus colecciones, desde Alexander McQueen a Elie Saab o Donna Karan.

Hemos pretendido con la presente entrada hacer un  breve recorrido por una de las más fascinantes tendencias que se dan en la moda del siglo pasado, sin profundizar en la vida y obra de Grès y Vionnet, a quiénes se dedicará, dada su importancia, sendos artículos. 

Diseños de Donna Karan (izquierda) y Elie Saab (derecha) inspirados
en la Grecia clásica.





Arte, moda y museos. Un reto para el siglo XXI.

El siglo XXI ha supuesto, sin duda alguna, un nuevo reto para el mundo de la moda y del arte: la musealización del traje. ¿Por qué se ha dado este fenómeno ahora y no antes? La respuesta es fácil. La moda como tal ha existido siempre, pero la tendencia de grandes diseñadores de renombre es algo ligado exclusivamente al siglo pasado. 


Interior de una de las salas del Fashion Museum de Bath (Reino Unido)
Surge en el siglo XX la idea del diseñador como genio creador. Del mismo modo en que los grandes pintores de las primeras décadas de siglo se encargaron de hacer progresar el nuevo arte mediante muy diversos movimientos vanguardistas, los diseñadores se ocuparon de hacer lo mismo con la moda. Igual que no podemos entender todo el arte del siglo XX sin conocer antes “Las Señoritas de Avignon” de Picasso, tampoco podemos comprender en su totalidad la evolución de la moda en la última centuria sin pararnos antes en los diseños de Poiret, Lanvin o Schiaparelli. Pero, ¿qué hacer con esas piezas clave para la historia de la moda? La solución ha sido la misma aplicada al arte: musealizarlas. 


   Una de las salas de la exposición dedicada al disñador  Hubert de Givenchy
 en el Museo Thyssen-Bornemisza. 

Sin embargo, nos topamos aquí con la siguiente cuestión: ¿Musealizar un objeto implica elevarlo directamente a la categoría de arte?. Es aquí donde muchos expertos discrepan, pues siguen considerando que por muchas prendas que llenen algunos de los grandes museos la moda es y seguirá siendo una artesanía. Un interesante artículo publicado por El País reúne algunas de estas opiniones a favor y en contra de si el diseño de la indumentaria es o no una manifestación artística. Lo sea o no, lo cierto es que la moda es creatividad, es diseño, es belleza y es estética. Campos, todos ellos, en los que cualquier historiador del arte está más que acostumbrado a moverse. Por mucho que sea una artesanía, no podemos negar que el análisis que hacemos cuando vemos un Balenciaga es puramente artístico. 



Exposición sobre Yves Saint Laurent en la Fundación Mapfre de Madrid,
La progresiva presencia de la moda en los museos ha sido especialmente visible en el pasado año de 2014, con exposiciones de prestigio como la dedicada a Charles James en el Metropolitan de Nueva York o a Givenchy en el Thyssen de Madrid. Precisamente este 2015 contamos con exhibiciones que homenajean a dos grandes figuras de la moda: la dedicada a Alexander McQueen en el Victoria & Albert Museum de Londres y la que conmemora los diseños de la mítica Jeanne Lanvin en el Palais Galliera de París. Si bien a nivel popular la exposición de Givenchy del pasado año parece haber supuesto un punto de partida en este campo del arte y la moda en nuestro país, lo cierto es que no hay que olvidar que en España ya contamos con una trayectoria en este tipo de exposiciones como son la retrospectiva que dedicó la Fundación Mapfre a Yves Saint Laurent en 2011 o, mucho más anterior, en 2004, la de Pertegaz en el Reina Sofía. En cuanto a los criterios museográficos, son estos los mismos aplicados en las exposiciones sobre pintura: o bien siguiendo las distintas etapas creativas del diseñador, o bien por temáticas de su obra. 
Exposición "Alexander McQueen: Savage Beauty"
 en el Victoria & Albert Museum.

Nos hemos referido en el párrafo anterior a las exposiciones sobre moda llevadas a cabo en museos o centros de arte. Son estas exhibiciones las que muestran esa progresiva entrada de la moda en el ámbito puramente artístico. Muy diferente es el caso de los museos de moda, de los cuales podemos encontrar uno o varios ejemplos en la mayor parte de países occidentales: Museo del Traje (España), Museo Cristóbal Balenciaga (España), Museu Nacional do Traje (Portugal), Musée de la mode de la Ville de Paris (Francia), Museo de la Moda (Chile), The Museum at FIT (Estados Unidos), Fashion Museum of Bath (Reino Unido). Estos son algunos de los múltiples museos de moda que se extienden por todo el mundo, si bien a veces, además de encargarse de la obra de los grandes genios, se dedican en buena parte a la historia de la vestimenta desde un enfoque antropológico, histórico o sociocultural. 


Por delante queda un largo camino que puede suponer, a la larga, la introducción definitiva de la moda en las colecciones permanentes de los museos de arte. Basta con irse al catálogo online del MET de Nueva York y comprobar cómo los diseños de indumentaria ocupan buena parte de la colección fija del museo. ¿Veremos algún día diseños de Óscar de la Renta mientras paseamos entre los lienzos de alguna pinacoteca española? Quizás, en un futuro no muy lejano, no suene tan descabellado.